jueves, 24 de marzo de 2011

Relato

Sueños de gato

Mientras estoy leyendo un libro estirado en el sofá e intentando concentrarme en una historia que se me presenta lejana y con la que no logro identificarme, inconscientemente busco cualquier excusa para alejarme de esa tediosa lectura, esperando encontrar una mosca, o una musaraña que atrape mi atención, pero la hallo en mi gato, el cual estaba tranquilamente deambulando al lado de la mesa cuando una décima de segundo después está subido al nuevo rascador que le permite alzarse a la altura de la ventana, es su terraza con vistas. Lo observo intrigado, pensando qué cavilará al mirar hacia la calle y ver todo un mundo tan diferente al suyo, el cual se reduce a los metros cuadrados de mi piso. Parece ensimismado, con la mirada fija hacia abajo, relajado, paralizado, casi parece una escultura de mármol, apenas parpadea. Su pelaje grisáceo como un día nublado de otoño brilla cuando la luz diurna recorre su pequeño cuerpo. De repente, sin avisar, torna su vista hacia arriba, con mirada atenta, escrutadora, ha visto algo que realmente ha llamado su atención: una paloma que atraviesa su campo visual sin ser consciente que ha estado muy cerca de un depredador que si no hubiera mediado entre ellos un cristal hubiera saltado sin compasión sobre ella. Inmediatamente después que la paloma desapareciera ha vuelto a su actitud pasiva y distante de observador de un mundo que sucede y deviene unos metros más abajo. Gente abriendo sus comercios, coches que hacen sonar sus cláxones impacientes, madres que arrastran a sus hijos llorosos hacia un colegio al que no quieren ir, el borracho del barrio que junto a su inseparable cartón de vino grita cosas inteligibles y que solamente comprende él, un idioma único, con fonética de cirrosis y sintaxis de soledad. ¿Qué pensará de ese mundo que ve mi gato a través del frágil cristal que les separa? ¿Anhelará una vida mejor? ¿Soñará con bajar a ese mundo? Huele los bordes de la ventana, como si quisiera atrapar el perfume de una vida exterior, de una realidad que no comprende y que mira con cierta autosuficiencia. Puedo sentir cierta compasión por él, no podrá bajar al bar y tomarse una tapa con una caña bien fresca, no podrá admirar el generoso trasero de la panadera bamboleándose al recibir el camión que le trae la mercancía, no podrá sentir lo que es correr bajo la lluvia para ampararse bajo el toldo de la tienda de electrodomésticos. ¿Mirará con envidia a esos humanos que corretean como hormigas? ¿Deseará convertirse en un humano y poder participar de ese carnaval de máscaras y actitudes que cada mañana recorren la calle? Puede ser que maldiga al Dios supremo que le ha encerrado toda su vida en un piso de apenas sesenta metros cuadrados, ojalá pudiera atravesar ese cristal y convertirme en humano, puede pensar. Ya he dejado a un lado el libro y divago sobre lo que pensarán esos ojos atentos y que sobresalen de su capacidad ocular, esos ojos que cambian de forma y color según la luz que captan. Estará preocupado, es envidia, querrá bajar a ese mundo que le da curiosidad y que observa con prestancia…súbitamente baja del rascador y se lanza tras la pelota de cascabel, a la que persigue como si todo su mundo se redujera a esa pequeña bola peluda que tintinea a cada zarpazo que le da.

jueves, 17 de marzo de 2011

Todo Enrique Vila-Matas en un bolsillo


Inéditos y textos de corte autobiográfico pueblan la nueva biblioteca del escritor catalán, Enrique Vila-Matas, con voluntad de edición definitiva. Por 12,95, podemos tener la biblioteca del escritor más Bartleby de las letras españolas, el que más ha jugado a mezclar biografía y obra con realidad y ficción, un totum revolutum de una singularidad y brillantez inusuales.


FUENTE

sábado, 12 de marzo de 2011

Relato

El francotirador

A pesar de su fortaleza, Ivo Andric tiene que hacer grandes esfuerzos por subir las escaleras del campanario de la iglesia. Está amaneciendo, el cielo está cubierto de una tenue tela anaranjada, pero no hace frío, todo lo contrario, promete ser una calurosa mañana del mes de junio. El sudor recorre su espalda debido al trabajo que le está costando subir con toda la carga que arrastra por esas viejas escaleras de madera que crujen a cada paso que da. Las órdenes que le han comunicado están muy claras, y por nada del mundo quiere hacer enfadar al teniente Bolic, que tan bien se ha portado con él y su familia. Mientras va subiendo Ivo recuerda la última vez que subió al campanario, fue hace dos años, cuando la festividad del santo del pueblo y tras la misa, los muchachos subieron corriendo los peldaños de dos en dos e hicieron redoblar las campanas con gran algarabía y júbilo. Ivo recuerda esos momentos como agradables y felices, pero todo cambió cuando estalló la guerra, la maldita guerra. La última vez que sonaron las campanas fue para indicar que se acercaba el enemigo y todo el pueblo se escondió en sus casas, temerosos ante unas hordas de las que se decían cosas terribles, que violaban a las mujeres, que mataban y se comían a los niños, que despedazaban a los ancianos; cosas que eran capaces de atemorizar a cualquiera, pero había que defender el pueblo, no podían cruzarse de brazos y dejar que el enemigo entrara impunemente y destrozara todo lo que había costado tanto de crear, las casas, las cosechas, las familias. Familias enteras huyeron, aunque nunca se supo si lograron escapar de las manos enemigas. Éstos ya estaban a las afueras del pueblo cuando los primeros carros marchaban por el camino hacia las montañas. Bolic, que se autoproclamó teniente y defensor del pueblo, se erigió como líder y preparó la defensa. A Ivo, cuando unos meses después de estar apostado el enemigo en las afueras, Bolic lo mandó con una escopeta, una metralleta de alto alcance y una pistola hacia el campanario, que era el punto más alto del pueblo. Su misión era ejercer de francotirador y disparar a cualquier enemigo que entrara en la plaza.

Ivo, tras unos pocos tiros de entrenamiento la tarde anterior, ha llegado al campanario; unas palomas han levantado el vuelo al verle aparecer por su tranquila guarida, llenan el pequeño espacio de polvo que se queda flotando en el aire, mientras Ivo las ve partir y observa con cierta tristeza como desaparecen formando unas manchas grises y blanquecinas que atraviesan el cielo azul, limpio de nubes que reina esa mañana de junio. Desde que estalló la guerra también a él le hubiera gustado poder irse volando, flotar por esos campos que tanto quería, sobrevolar el río en el que jugaba de niño, pero esos tiempos ya aparecen muy lejanos en su memoria, la guerra hace apenas un año que llegó al pueblo y ya parece abarcar toda una vida. La guerra ha vuelto insignificantes al resto de cosas. Coloca en el ventanal que da a la plaza la metralleta, siente un gran alivio cuando logra dejarla en el suelo, respira profundamente el aire fresco que le aporta la altura. Desde ese lugar tiene una vista privilegiada del pueblo, puede ver todos los tejados rojos cubriendo las casas blanquecinas que se desparraman por el valle que en esos días del inicio del verano aún parece una mullida alfombra de color verde. Ivo se limpia el sudor de su frente y coloca la metralleta apuntando hacia la plaza, los rayos de un sol que ya ha salido reverberan sobre el cemento de la plaza y parecen rebotar en mil direcciones, deslumbrando ocasionalmente a Ivo que entrecierra los ojos para poder apuntar mejor. Le duelen los pies, hinchados por el calor y porque le quedan pequeñas las botas. Tiene la boca seca, apenas ha podido subir una botella de agua, la va a tener que racionar porque no sabe cuánto tiempo deberá permanecer apostado en ese lugar. ¿Qué dura una guerra? Hasta que ya no queda nadie a quien disparar, cuando no hay nadie que dispare, cuando todos estén muertos y con ellos el odio que ha iniciado la guerra, o quizás cuando haya pasado tanto tiempo que ya nadie recuerde el porqué se inició la guerra. La plaza está desierta, que contraste piensa Ivo, al haberla visto siempre con gente deambulando de un lado a otro, de niños corriendo, jugando con alguna cometa. Hace tiempo que no se ven cometas, ni niños jugando, Ivo se pregunta cuándo fue la última vez que escuchó la sonrisa de un niño en el pueblo, no logra recordarlo. Ivo prefiere alejar esos pensamientos de su mente y concentrarse en su cometido. Desde que se inició el conflicto ha pensado que tarde o temprano tendría que colaborar, que empuñaría un arma y se enfrentaría a algo que desde niño le había traumatizado: ¿Qué se sentía al matar a un hombre? Cuando el teniente Bolic le encomendó esta misión, al morir el anterior francotirador, no dudo en aceptarla, pero unos minutos más tarde se dio cuenta de lo que eso significaba, tendría que matar. Estamos en guerra y la gente muere, dijo su anciano padre unas semanas atrás. Eran nueve hermanos, cinco ya habían muerto a causa de la guerra. No tenía elección, debía defender a su pueblo del enemigo que permanecía agazapado a sus puertas. No dudaría, en el momento que viera a uno de ellos intentando entrar a la plaza dispararía. Un sonido de arrastre metálico devuelve a Ivo a la realidad. Parece un enorme camión en movimiento que arrastrara grandes cadenas. El sonido se va acercándose poco a poco, muy lentamente, piensa que sea lo que sea le cuesta avanzar debido a lo abrupto del terreno, pero unos minutos después ve la sombra de una mole metálica que le hiela la sangre: un tanque que se aproxima a la plaza, Ivo traga saliva y dispara. Es como cuando trataba de cazar ranas con las manos en el rio, imposible. Ivo ve entonces que el tanque actúa de escudo de unos soldados enemigos que esperan detrás de él. Pretenden avanzar protegidos detrás del tanque. Ivo apunta al hombre que está más alejado del tanque, dispara, ve como cae tras una sacudida y permanece inmóvil en el suelo. Ivo no siente nada. Vuelve a apuntar y dispara nuevamente. Desde que se ha despertado esa mañana con los nervios de la misión que le habían encomendado, no ha recordado que era su cumpleaños y que cumplía doce años.

los mayores Best Sellers de la historia


Difusión, lectura absorbente, comercio y calidad literaria son conceptos que se discuten cuando hablamos de best sellers. Nuevos estudios aportan luz sobre la historia de los superventas, las razones de su éxito, sus tipologías y el espacio imaginario que crean. Artículo en La vanguradia del crítico cultural y escritor Sergio Vila-Sanjuán.

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lunes, 7 de marzo de 2011

García Márquez y Vargas Llosa planearon escribir un libro juntos


Los dos premios Nobel vivos de la lengua española, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa planearon, en los años sesenta, escribir una novela a cuatro manos, finalmente nonata. El tema no puede parecer más jugoso: la guerra entre Colombia y Perú que tuvo lugar en los años 1932 y 1933. García Márquez debía escribir la parte ambientada en Colombia, y Vargas Llosa hacerse cargo de la peruana.

sábado, 5 de marzo de 2011

Relato

El mundo quebrado de Lupe

El sol aparece tímidamente recortando el perfil de la sierra mientras se inicia un nuevo día en Santa Lucía, una pequeña población del sur de México, donde la cotidianidad marca el ritmo lento del devenir del lugar. Donde los ciegos son invidentes por naturaleza y los sordos no escuchan por un defecto en el aparato auditivo.

Santa Lucía no tiene más de cinco mil habitantes. Prácticamente todos ellos se conocen y los rumores y chismes se transmiten de casa en casa, como en cualquier pueblo del mundo, pero es un lugar donde también habitan secretos que circulan por sus calles como el agua sucia arrastrada por la lluvia, que desaparece por las coladeras y se pierden en el olvido.

Una de sus habitantes es Guadalupe Isabel, Lupita, una preciosa niña de ojos color canela e inteligencia avispada. Todos sus profesores dicen que es una niña muy lista y que si no se tuerce por el camino de la ociosidad podría llegar lejos. Lupita nació en el seno de una familia humilde, una de las muchas que están ubicadas en las afueras del pueblo, donde la pobreza aparece en cada esquina y la búsqueda de unos pesos para llevarse algo a la boca se convierte en una batalla diaria.

Lupita vive en una pequeña casa con sus padres y su hermana mayor, Margarita. Su papá no tiene trabajo y se pasa las horas en las cantinas de la colonia Juárez. Su mamá trabaja como dependienta en el único centro comercial de la población, perteneciente a Don Julián, gran terrateniente y el dueño de prácticamente la totalidad de Santa Lucía.

Lupita y Margarita van juntas cada día a la escuela, aunque van a clases distintas, ya que Lupita apenas tiene siete años y Margarita ya cuenta con nueve primaveras. La escuela se encuentra en la otra punta del pueblo, por lo tanto, cada día recorren un largo camino hasta llegar a ella. La pequeña andaba últimamente preocupada porque desde hacía un tiempo Margarita no era la misma; Lupita veía muy triste a su hermana, cuando siempre había sido muy risueña y no paraba de gastar bromas y de hacerla reír. Ahora es como si alguien hubiera borrado la sonrisa de su cara. No hacía mucho ambas hermanas se entretenían durante el camino a la escuela hablando y chismeando, ahora sólo Lupita hablaba, tratando de robarle alguna sonrisa a su hermana pero Margarita permanecía en silencio, con los ojos clavados en el camino y sin musitar una sola palabra. Lupita se preguntaba qué podía haberle pasado a su hermana. Una mañana, de camino a la escuela, Lupita no pudo aguantar más y le preguntó qué le pasaba, nada, respondió Margarita, no me pasa nada, e intentó ofrecer una sonrisa forzada a su hermanita, que ésta no se creyó. A mi hermana algo le pasa y yo voy a tratar de averiguar qué es. Voy a hacer de detective, como en las caricaturas, y encontraré la sonrisa que perdió mi hermana.

Una mañana, días después de que Lupita empezara sus labores detectivescas, al llegar las niñas de la escuela y abrir la puerta, escucharon gritos y golpes, como si alguien estuviera dando puñetazos contra las débiles paredes de la casa. Lupita se asustó, agarró la mano de su hermana y la miró tratando de encontrar en ella alguna explicación que pudiera calmarla, pero su hermana parecía tan asustada como ella. Los gritos cada vez eran más desesperados y su agudeza se clavaba en los oídos de Lupita como miles de aguijones de avispas. El terror estremeció su pequeño cuerpo cuando se dio cuenta que los gritos suplicantes eran de su madre. Recordando lo que una vez le dijo su abuelita, se tapó los oídos pero los alaridos no desaparecieron y el miedo tampoco. ¿Qué le está pasando a mamá? ¿Quién le está haciendo daño? Lupita intentó llegar hasta la habitación de donde procedían los golpes pero su hermana la agarró de un brazo y le dijo que no se moviera, pero a mamá le está pasando algo, ¿no escuchas cómo llora Margarita? En ese momento, Lupita escuchó una voz grave que también gritaba, ¡puta, eres una puta y te voy a romper la madre!, ¡hija de tu chingada madre! ¡Era papá! Margarita es papá, ¿por qué papá no ayuda a mamá? Vámonos Lupita, vámonos a la calle a jugar un rato y ahorita regresamos. Yo no quiero jugar, quiero saber qué le está pasando a mamá. Antes de que se marcharan, Lupita pudo ver cómo la puerta de la recámara se abría violentamente provocando un sonoro golpe, igual que pasa cuando hace mucho viento y las puertas se azotan. ¡Mamá! Pero la fuerza de su hermana era mayor y no pudo resistir ante el tirón que la sacó fuera de la casa. Lupita lloraba desconsolada, nada ni nadie podía hacer parar ese reguero de amargas lágrimas ante la incertidumbre de lo que le estaba pasando a su mamá. ¿Margarita, qué le pasa a mamá? Nada m’hija, no pasa nada. Últimamente, ante cualquier pregunta que hago la respuesta, es nada, no pasa nada. Entonces, ¿por qué mamá llora y grita? ¿Por qué mi hermanita cada día está más triste? ¿Por qué mi papá ya no me abraza como antes? ¿Y por qué siempre está enfadado? Lupita lloró, más que por la preocupación lloraba por la incertidumbre, porque sentía que su pequeño mundo se desmoronaba ante sus ojos y ella no sabía por qué. Simplemente escuchaba: nada, no pasa nada.

Después de tres horas deambulando por el barrio como dos perros sin dueño y ante la mirada indiferente de sus vecinos, regresaron a casa. A Lupita le escocían los ojos de tanto llorar, ya no mostraba su inquietud en forma de lágrimas, pero seguía notando ese pinchazo en medio de su corazón que no calmó hasta que abrió la puerta de casa y corrió hasta la recamara de su mamá para ver cómo estaba. La vio plegando la ropa y colocándola en el armario, como si no hubiera ocurrido nada, como si todo hubiera sido una horrible pesadilla, igual que cuando veía aquellos monstruos que desaparecían al encender la luz, pero los monstruos no habían desaparecido del todo, mamá tenía grandes moratones bajo los ojos, pero lo que más llamó la atención de Lupita fue la cara de mamá, no por los moratones y los signos de lucha que había en su rostro, sino por el gesto, la mirada, esa mirada cansada, resignada, de abatimiento, de rendición, de claudicación, de hastío. Todo el peso del mundo lo ostentaba esa mirada triste y acabada. Lupita corrió hacia ella y la abrazó. Intentó transmitirle todo el amor que le profesaba, pero su mamá estaba fría y apenas la apretaba con sus brazos, no como lo hacía ella. ¿Qué te pasa mamá? Nada m’hija, no me pasa nada. ¿Mamá, tu sabes qué le pasa a Margarita? Últimamente está muy triste. Nada m’hija, no le pasa nada.

Una tarde, Lupita estaba en el salón jugando con una de las muñecas que su amiga Asunción le había prestado, cuando su padre entró en casa. Estaba tambaleándose y su aliento apestaba a cerveza mezclada con tequila barato. Hola papá. ¿Margarita y tu mamá no están? No, fueron a donde las telas de doña María, tardarán en regresar. Papá se sentó en el sofá y jugó con mi pelo. ¿Cuántos años tienes ya, Lupita? Ya tengo ocho papá, ¿no recuerdas que la semana pasada fue mi cumpleaños? Ya soy mayor, ¿verdad? Sí m’hija, ya eres mayor, y para que veas que eres mayor, vamos a jugar a un juego de mayores. ¡Qué bien, papá! Me lleva hasta su recamara ¿Qué juego será ese? Ya quiero ser mayor y que dejen de tratarme como a una niña pequeña.

Al día siguiente de que Lupita dejara de ser una niña y viera el mundo sin la mampara de la inocencia, ella y su hermana se dirigieron como cada día a la escuela. Ambas en silencio y con la mirada clavada en el camino.

El sol aparecía tímidamente recortando el perfil de la sierra y se iniciaba un nuevo día en Santa Lucía, una pequeña población del sur de México, donde parece que la normalidad rige la cotidianeidad del lugar. Donde los ciegos son muchos y los sordos no escuchan el agua sucia desaparecer por las coladeras.

El libro rompe su cadena


Artículo en el que se habla de la edición hoy día, de las nuevas fórmulas para editar como la autopublicación, el streaming o la impresión bajo demanda.

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jueves, 3 de marzo de 2011

Los cuatro jinetes del apocalipsis según Buñuel


Texto aparecido en la página Palabras Malditas, que una vez más les recominedo encarecidamente. El siguiente texto fue escrito por Luís Buñuel poco tiempo antes de morir (1983) y resulta un texto sumamente actual en estos tiempos donde la teconología y la información se han apoderado del mundo. Es interesante como desde aquellos años Buñuel ya veía venir sus cuatro jinetes de la Apocalipsis, un texto para reflexionar en los cambios producidos en las ultimas décadas.

Texto

martes, 1 de marzo de 2011

Voces en contra de que Vargas Llosa inagure la Feria del Libro de Buenos Aires



El director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, le pidió al presidente de la Cámara Argentina del Libro (CAL) que reviera la decisión de que Mario Vargas Llosa inaugure la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. En esta cuestión hay un trasfondo político, ya que el Nobel peruano siempre fue crítico con el matrimonio Kirchner. Finalmente Vargas Llosa sí inagurará la Feria del Libro de Buenos Aires a pesar de las opiniones en contra de la faceta más política del escritor que parece no gustar en algunos sectores. ¿Qué opinan al respecto?

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